
Por Noemí Saldivar Espinal, M.A.- Psicóloga Clínica y Neuroeducativa
El reciente caso de Esmeralda Moronta ha removido emociones profundas en la sociedad dominicana. Más allá del dolor y la indignación, muchas mujeres han experimentado algo difícil de explicar: miedo. Un miedo real, físico y emocional, que aparece al pensar: “¿Y si me pasa a mí?”, “¿Y si denuncio y no me protegen?”, “¿Y si nadie llega a tiempo?”.
Como psicóloga clínica y educativa, he visto muy de cerca cómo este tipo de noticias no solo conmueven; también activan recuerdos, heridas y estados intensos de ansiedad en mujeres que han vivido acoso, control o violencia psicológica. Algunas reportan que sienten presión en el pecho, mareos, temblor en las piernas, dolor estomacal, debilidad corporal o sensación de ahogo. Y no es imaginación. La neurociencia nos ayuda a entender por qué sucede.
Cuando una persona vive bajo amenaza o miedo constante, el cerebro activa mecanismos de supervivencia. La amígdala cerebral, encargada de detectar peligro, se mantiene en alerta, enviando señales al cuerpo para prepararse ante una posible amenaza. Se libera cortisol y adrenalina, el corazón se acelera y aparecen síntomas físicos como tensión muscular, dolor de cabeza, problemas gastrointestinales o dificultad para respirar. El cuerpo literalmente aprende a vivir en estado de alarma.
Por eso muchas mujeres que atraviesan situaciones de control excesivo o violencia sienten agotamiento extremo. No están “exagerando”; están sobreviviendo psicológicamente.
He evidenciado situaciones profundamente tristes; mujeres a quienes les colocan GPS en sus vehículos, revisan sus conversaciones, controlan sus movimientos o las dejan varadas como forma de castigo. Conductas que muchas veces son minimizadas socialmente con frases como “eso es porque te quiere”, “es celoso porque te ama” o “solo está inseguro”.
Pero el control no es amor. La vigilancia no es amor. El miedo nunca ha sido amor.
Desde la neurociencia también entendemos algo complejo: ¿por qué algunas mujeres permanecen o regresan a relaciones dañinas? La respuesta no es simple ni debe juzgarse. El cerebro humano crea vínculos afectivos profundos. Cuando ha existido amor, apego, hijos, recuerdos y dependencia emocional, romper una relación puede sentirse como una pérdida inmensa. Incluso cuando hay sufrimiento.
En relaciones de violencia, muchas veces ocurre algo llamado apego traumático. El cerebro alterna entre miedo y esperanza, los cuales son momentos de dolor seguidos de reconciliación, promesas de cambio o muestras de afecto. Esto fortalece una conexión emocional difícil de romper. Algunas mujeres permanecen por miedo, por dependencia económica, por culpa, por esperanza, por temor a quedarse solas o porque emocionalmente sienten que no podrán sobrevivir sin esa persona.
Por eso salir de una relación de control no es tan sencillo como decir “vete”. Muchas mujeres necesitan acompañamiento psicológico, apoyo familiar y una red de protección.
He conocido casos donde las propias mujeres han tenido que pedir ayuda a familiares o amigas diciéndoles: “Si me ves a punto de volver con él, recuérdame todo lo que he vivido”. Porque hay momentos donde el dolor de la separación hace olvidar las banderas rojas y el corazón intenta volver a un lugar que también hizo daño.
Ahora bien, también debemos hablar de los hombres agresores sin justificar conductas violentas. En algunos casos, hombres con altos niveles de inseguridad emocional, dificultad para manejar el rechazo, celos intensos o necesidad de control pueden reaccionar de forma peligrosa ante una ruptura. Desde una mirada neuropsicológica, emociones intensas como el miedo al abandono, la ira y la impulsividad pueden alterar el juicio. Pero entender no significa justificar. Ninguna emoción autoriza la violencia.
Y aquí surge una pregunta necesaria: ¿Estamos protegiendo realmente a las mujeres que piden ayuda?
Desde el ámbito educativo, donde trabajo de manera oficial, existen protocolos claros cuando un estudiante o docente está en peligro. Si una docente sufre acoso o amenaza, se resguarda, se protege y se toman medidas inmediatas. Incluso, de ser necesario, se facilita un traslado temporal para garantizar seguridad. Cuando un estudiante es víctima de agresión, no se deja solo ni desprotegido. Se llama a la familia, se hace seguimiento y se evita exponerlo nuevamente al riesgo.
Nunca se le dice: “Vete solo para tu casa y luego vemos”.
Entonces, como sociedad debemos preguntarnos: ¿por qué no siempre ocurre lo mismo con mujeres que denuncian situaciones de violencia y riesgo? Cuando una mujer expresa miedo, denuncia persecución o reporta vigilancia, estamos frente a señales que merecen máxima atención. No se trata solo de llenar formularios o recibir denuncias de manera mecanizada. Se trata de proteger vidas.
No corresponde señalar responsabilidades individuales sin una investigación completa, pero sí es válido preguntarnos si los protocolos actuales están siendo aplicados con el nivel de urgencia necesario y si las unidades de atención cuentan con recursos, formación y sensibilidad suficientes para evaluar riesgos reales.
Las mujeres que denuncian no necesitan solo documentos. Necesitan sentirse seguras. A las mujeres en general quiero decirles algo: si sientes miedo, escúchate. No minimices señales de control, persecución o intimidación. Habla. Busca ayuda psicológica, legal y familiar. Construye una red de apoyo. Si te sientes vulnerable, pídele a alguien de confianza que te ayude a recordar por qué decidiste protegerte. Y a los hombres quiero que sepan que amar también significa aceptar límites, aceptar un “no” y aprender a gestionar el dolor sin convertirlo en control o agresión.
Quisiera que quede claro que, si la prevención empieza cuando alguien pide ayuda… proteger una vida nunca debería esperar turno.
La Doctora Ingrid Suárez cuenta con 20 años en la docencia, es escritora, columnista para varios medios de comunicación y prensa escrita, catedrática y profesora investigadora, doctora en Didáctica y Organización Estratégica, egresada de la Universidad de Sevilla, España donde alcanzo el más alto honor sobresaliente Cum Laude. Posee varias especialidades en gestión y liderazgo educativo.



