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Cuando el maestro también colapsa

Cuando el maestro también colapsa

Por Noemí Saldivar E.
Psicoterapeuta y orientadora escolar

Mientras el Sistema Educativo dominicano avanza en uno de los procesos institucionales más ambiciosos de los últimos años —la Evaluación de Desempeño Docente 2025-2026—, miles de maestros enfrentan una realidad que rara vez aparece en los informes oficiales: el agotamiento emocional que ha dejado el proceso en gran parte del magisterio nacional.

Lo que inició como una estrategia para fortalecer la calidad educativa y medir competencias profesionales ha terminado convirtiéndose, para muchos docentes, en una experiencia marcada por ansiedad, incertidumbre, presión psicológica y desgaste laboral. Y quizás ahí radica la mayor contradicción del sistema: intentar evaluar la calidad educativa mientras se deteriora emocionalmente a quienes sostienen diariamente las aulas del país.

Desde el anuncio formal del proceso, la evaluación ha estado acompañada de retrasos, cambios de calendario, fallas tecnológicas, dificultades operativas y reprogramaciones constantes. La plataforma digital presentó colapsos que impidieron a cientos de docentes acceder a las etapas correspondientes, generando suspensiones y reorganizaciones improvisadas. Lo que debía transmitir confianza institucional terminó produciendo tensión colectiva. Pero el problema no es únicamente técnico.

El verdadero impacto ha sido humano

Detrás de cada formulario completado, de cada observación áulica y de cada indicador estadístico, existe un docente que también siente miedo, cansancio y presión. Un profesional que, además de enseñar, debe lidiar con jornadas extensas, demandas administrativas crecientes, conflictos escolares, responsabilidades familiares y una carga emocional acumulada que pocas veces se reconoce.

En consulta psicológica y en conversaciones cotidianas dentro de los centros educativos, comienzan a repetirse patrones preocupantes: docentes con insomnio previo a las evaluaciones, episodios de ansiedad, crisis de estrés, sentimientos de frustración, irritabilidad, agotamiento mental y una constante sensación de vigilancia laboral.

Muchos expresan sentirse “bajo examen permanente”

Otros describen el proceso como una experiencia desgastante en la que las reglas cambian constantemente y donde las fallas del sistema terminan recayendo sobre el maestro. La incertidumbre ha sido uno de los factores más desestabilizadores. Cuando un docente no sabe si podrá acceder a la plataforma, si su evaluación fue registrada correctamente o si será convocado nuevamente por errores técnicos ajenos a él, se genera un estado psicológico de hipervigilancia que impacta directamente su bienestar emocional y su desempeño profesional.

A esto se suma una realidad particularmente sensible: la integración de docentes de nuevo ingreso o en proceso de inducción. Muchos de ellos han manifestado sentirse poco orientados y emocionalmente desprotegidos frente a un proceso complejo que, en teoría, busca acompañar el crecimiento profesional, pero que en la práctica ha sido percibido por algunos como un mecanismo punitivo más que formativo.

El magisterio dominicano no rechaza la evaluación

Lo que cuestiona es la manera, porque evaluar no debería convertirse en sinónimo de desgaste emocional. Una evaluación verdaderamente transformadora requiere planificación, estabilidad técnica, transparencia, preparación institucional y, sobre todo, sensibilidad humana. No basta con medir indicadores pedagógicos si se ignora el impacto psicológico que generan los procesos implementados.

Resulta preocupante que, mientras se insiste en hablar de calidad educativa, se omita con frecuencia la salud mental de los docentes. La educación no se sostiene únicamente con currículos, estadísticas o plataformas digitales. Se sostiene con seres humanos emocionalmente funcionales, motivados y valorados. Un maestro emocionalmente agotado difícilmente podrá enseñar desde la creatividad, la paciencia y el equilibrio que demandan las aulas actuales. Y esto no es un tema menor.

La salud mental docente se ha convertido en uno de los desafíos más urgentes y menos abordados del sistema educativo contemporáneo. Diversos especialistas en psicología educativa coinciden en que procesos de alta presión institucional, especialmente cuando son percibidos como inestables o injustos, incrementan significativamente los niveles de estrés laboral, ansiedad anticipatoria y burnout. El resultado no solo afecta al docente; impacta también la dinámica escolar, las relaciones humanas dentro de los centros y, eventualmente, la calidad del aprendizaje de los estudiantes.

Por eso, este momento debería servir no solo para revisar plataformas y cronogramas, sino también para replantear el enfoque completo de cómo se concibe la evaluación docente en el país.

Evaluar no puede limitarse a fiscalizar

Evaluar debe implicar acompañar, orientar, fortalecer y reconocer. Porque cuando un sistema olvida el componente humano de sus procesos, corre el riesgo de convertir una herramienta de mejora en una experiencia de desgaste colectivo.

La educación dominicana necesita docentes preparados, sí. Pero también necesita docentes emocionalmente saludables. Y esa diferencia puede definir el futuro de nuestras aulas.

La Doctora Ingrid Suárez cuenta con 20 años en la docencia, es escritora, columnista para varios medios de comunicación y prensa escrita, catedrática y profesora investigadora, doctora en Didáctica y Organización Estratégica, egresada de la Universidad de Sevilla, España donde alcanzo el más alto honor sobresaliente Cum Laude. Posee varias especialidades en gestión y liderazgo educativo.

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