
Redactado por: Aida Rincón-Locutora y Especialista en Educación @rincon0515
El acceso abre la puerta; el acompañamiento docente al estudiante ayuda a recorrer el camino.
El ingreso a una escuela representa apenas el comienzo de un proceso que requiere presencia, comunicación y compromiso constante por parte de las familias. Se aproxima el inicio de un nuevo año escolar y, con él, vuelve a surgir una preocupación que afecta a numerosas familias: conseguir un cupo para sus hijos en una institución educativa.
Es comprensible la inquietud de los padres y representantes. Nadie debería enfrentar obstáculos para garantizar a un niño, una niña o un adolescente su derecho a la educación. Por eso, es necesario reconocer y valorar la preocupación de las familias ante la falta de aulas y las dificultades que persisten en el sistema educativo.
Sin embargo, también debemos entender que obtener un cupo, aunque constituye un paso fundamental, no representa el final del camino. Es apenas el comienzo de una tarea mucho más amplia: acompañar el proceso de aprendizaje, velar por el bienestar de nuestros hijos y participar activamente en su formación.
Como madre y docente, he tenido la oportunidad de observar la educación desde ambas perspectivas. Desde el aula, he vivido experiencias enriquecedoras, pero también situaciones que evidencian la necesidad de fortalecer la relación entre la familia y la escuela.
Inscribir a un hijo es empezar, no terminar.
En distintas ocasiones, especialmente durante la entrega de calificaciones o la convocatoria a reuniones, se presentan situaciones que llaman la atención. Hay representantes que desconocen el grado o la sección en la que estudian sus hijos; algunos envían a un vecino o a otra persona a retirar los resultados académicos; otros no conocen el nombre del docente, del director o incluso de la institución educativa.
No se trata de señalar ni de juzgar a las familias. Cada hogar enfrenta circunstancias diferentes y, en muchos casos, las responsabilidades laborales, económicas o personales dificultan una participación más cercana. No obstante, sí es importante reflexionar sobre esta realidad.
La entrega de calificaciones suele realizarse varias veces durante el año escolar. Cada encuentro representa una oportunidad para conocer los avances del estudiante, identificar posibles dificultades y establecer acuerdos con los docentes. Si la familia solo se acerca a la escuela cuando debe retirar las notas o resolver un problema, se pierde la posibilidad de acompañar de manera oportuna el proceso educativo.
Cuando los padres desconocen lo que ocurre en la escuela, el estudiante puede percibir la educación como un asunto ajeno a su hogar: “lo de la escuela es responsabilidad de la escuela”. Pero educar es una tarea compartida. La formación de nuestros hijos requiere la participación coordinada de la familia, los docentes y la comunidad educativa.
La familia también educa
Desde mi experiencia como madre, he comprobado que algunas acciones sencillas pueden tener un impacto significativo en la trayectoria académica y personal de los hijos. No requieren grandes recursos, pero sí constancia, interés y disposición.
Entre ellas se encuentran:
- Conocer la institución educativa y los espacios donde el estudiante pasará buena parte de su tiempo.
- Informar oportunamente a las autoridades sobre cualquier condición de salud o situación particular que deba ser atendida.
- Conocer el reglamento interno del plantel y enseñar a los hijos la importancia de respetarlo.
- Mantener una comunicación constante, respetuosa y constructiva con los docentes y demás autoridades.
- Supervisar el uso adecuado del uniforme y promover hábitos de higiene y presentación personal.
- Contar con, al menos, dos números telefónicos de contacto de la institución.
- Conocer el horario de clases y las actividades escolares.
- Visitar periódicamente el centro educativo, no solo cuando exista un problema.
- Revisar de manera ocasional las mochilas, cuadernos y asignaciones, como una forma de acompañamiento y no de persecución.
- Conversar con los hijos sobre cómo se sienten en la escuela, qué les preocupa y qué experiencias están viviendo.
- Estas acciones permiten que los padres conozcan mejor la realidad escolar de sus hijos y que los estudiantes se sientan atendidos, escuchados y respaldados.
Acompañar no significa controlar
Es importante aclarar que la participación de la familia no debe confundirse con una vigilancia excesiva ni con la intromisión en el trabajo docente. Acompañar significa estar atentos, preguntar, escuchar y colaborar.
La comunicación entre padres y maestros debe desarrollarse desde el respeto. Las diferencias pueden existir, pero deben resolverse mediante el diálogo y teniendo siempre como prioridad el bienestar y la formación del estudiante. Del mismo modo, revisar los cuadernos o conversar sobre la jornada escolar no debe convertirse en una práctica de castigo. Se trata de mostrar interés y ayudar a los hijos a desarrollar responsabilidad, organización y autonomía.
Los resultados se construyen
No existen padres perfectos ni un manual único para educar. Cada familia tiene sus propias circunstancias, capacidades y limitaciones. Sin embargo, hay algo que sí podemos ofrecerles a nuestros hijos: presencia.
Los buenos resultados no suelen ser producto de la casualidad. Se construyen con esfuerzo, constancia, disciplina y acompañamiento. Un estudiante que siente que su familia se interesa por sus logros y dificultades suele enfrentar los desafíos con mayor seguridad y motivación.
La escuela tampoco puede hacerlo todo sola. Los docentes necesitan el respaldo de las familias, así como las familias necesitan una escuela abierta al diálogo, sensible a las realidades de sus estudiantes y comprometida con su formación integral.
Una invitación para este nuevo año escolar
El inicio del año escolar debe ser una oportunidad para renovar compromisos. Conseguir un cupo es importante, pero no suficiente. Después de la inscripción comienza una responsabilidad que se extiende durante todo el año.
La invitación a las familias es sencilla: que el cupo no sea visto únicamente como un logro administrativo, sino como el inicio de una ruta de acompañamiento. Que la entrega de calificaciones no sea el primer ni el único momento de contacto con la escuela. Que la comunicación se mantenga abierta, no solo cuando aparece una dificultad, sino también para reconocer los avances.
Porque, al final, no se trata únicamente de encontrar un lugar para nuestros hijos dentro de una escuela. Se trata de ayudarlos a construir un futuro y ese futuro se fortalece cuando la familia y la escuela trabajan en la misma dirección, con responsabilidad, respeto y compromiso. Cada pregunta, cada visita, cada conversación y cada gesto de acompañamiento pueden parecer pequeños, pero dejan una huella profunda en la vida de nuestros hijos.
La Doctora Ingrid Suárez cuenta con 20 años en la docencia, es escritora, columnista para varios medios de comunicación y prensa escrita, catedrática y profesora investigadora, doctora en Didáctica y Organización Estratégica, egresada de la Universidad de Sevilla, España donde alcanzo el más alto honor sobresaliente Cum Laude. Posee varias especialidades en gestión y liderazgo educativo.



