Por: Elianny Gil-Maestra
Sentada en la última silla del salón de clases, Mariana no habita el aula; su mente naufraga en el océano infinito de una pantalla, aun conociendo las normas sobre el uso de los dispositivos. Cuando la maestra, con la paciencia tejida por los años, se acerca para señalar que su comportamiento está violando las normas, Mariana no escucha un consejo, sino un ataque. Se quiebra como si de un cristal templado se tratase; sus ojos relampaguean indignación y sus palabras, cargadas de una falsa seguridad, sentencian que "ella ya sabe cómo funciona el mundo".
Para Mariana, la docente es un náufrago de otra época que no comprende que la riqueza no está en los libros, sino en la viralidad de un video. Al recibir la corrección, la joven se rompe en mil pedazos de ira y se refugia en un llanto que busca victimizar su conducta, transformando un acto de enseñanza en un conflicto personal que luego narrará en sus redes, distorsionando la realidad a su antojo.
¿En qué momento cambiamos el peso de los libros por la levedad de un "like?
Esta escena se repite como un eco en las escuelas de hoy. La "generación de cristal", forjada en un entorno de crianza permisiva y sobreprotección, ha encontrado en el mal uso de las redes sociales un refugio de seda que, a la vez, se convierte en su propia prisión.
¿Acaso el brillo de una pantalla puede iluminar el vacío de una mente sin formación? La ambición de ser rico a través de la fama instantánea ha anestesiado el interés por el saber. Las redes sociales actúan como un espejo deformante: les susurran que son el centro del universo mientras debilitan sus cimientos emocionales. Al mínimo contacto con la realidad —una crítica, una nota baja o un consejo de comportamiento—, la estructura del adolescente se agrieta.
Esta fragilidad ha convertido la labor docente en un campo minado. El maestro hoy se siente cohibido; camina sobre cáscaras de huevo, temeroso de que una observación necesaria sea interpretada como una agresión. El aula, que debería ser el templo de la verdad y el crecimiento, se convierte en un escenario de tensión donde la corrección es vista como una ofensa al "yo" hipertrofiado del estudiante.
¿Podremos los docentes rescatar la madurez en una época que solo valora lo fácil y lo rápido?
Es urgente que los padres y la escuela vuelvan a ser un solo equipo. Tenemos que enseñarles que la fama es un eco: suena fuerte, pero se apaga enseguida; sin embargo, el conocimiento y el carácter son los únicos cimientos sobre los cuales se puede construir una vida que no se rompa al primer viento.
La Doctora Ingrid Suárez cuenta con 20 años en la docencia, es escritora, columnista para varios medios de comunicación y prensa escrita, catedrática y profesora investigadora, doctora en Didáctica y Organización Estratégica, egresada de la Universidad de Sevilla, España donde alcanzo el más alto honor sobresaliente Cum Laude. Posee varias especialidades en gestión y liderazgo educativo.



