
Por: Beatriz Ramírez David-Conferencista y Consultora
Cada 28 de mayo se conmemora el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, una fecha que no nació para adornar el calendario ni para repetir discursos políticamente correctos. Nació para denunciar desigualdades, visibilizar injusticias y exigir respuestas concretas frente a las múltiples enfermedades, padecimientos y violencias que afectan la salud y la vida de millones de mujeres en el mundo.
Desde 1987, cuando la Red Mundial de Mujeres por los Derechos Reproductivos y la Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe impulsaron esta jornada, el propósito ha sido claro: reafirmar que la salud es un derecho humano universal y reclamar acceso pleno e integral a los servicios de salud durante todas las etapas de la vida.
Porque hablar de salud femenina no significa hablar únicamente de maternidad
Significa hablar de prevención, salud mental, acceso a tratamientos, enfermedades crónicas, cáncer, violencia sexual, salud menstrual, derechos sexuales y reproductivos, atención digna y bienestar integral. Significa reconocer que las mujeres enfrentan riesgos y barreras particulares que no pueden seguir siendo invisibilizados ni minimizados.
La realidad sigue siendo alarmante
Millones de mujeres enfrentan enfermedades prevenibles o tratables sin atención médica adecuada. Otras viven largas esperas para diagnósticos, sufren discriminación en los servicios sanitarios o enfrentan obstáculos económicos y sociales que limitan su derecho a recibir cuidados oportunos. En demasiados lugares, la pobreza, el racismo, la violencia, la exclusión social y la inequidad de género continúan definiendo quién accede a la salud y quién queda atrás.
La salud de las mujeres sigue atravesada por profundas desigualdades.
Las niñas y adolescentes enfrentan barreras para acceder a educación sexual e información confiable sobre sus cuerpos. Muchas mujeres adultas posponen consultas y tratamientos porque priorizan el cuidado de otros o porque los sistemas de salud no responden a sus necesidades. Las mujeres mayores, por su parte, suelen enfrentar abandono institucional y poca atención a problemáticas asociadas al envejecimiento, la salud mental o enfermedades crónicas. Y en medio de estas desigualdades, la violencia continúa siendo una amenaza silenciosa para la salud femenina.
La violencia física, psicológica, económica y sexual deja secuelas que van mucho más allá del daño inmediato. Impacta la salud emocional, limita la autonomía y afecta profundamente la calidad de vida. Defender la salud de las mujeres también implica combatir todas las formas de violencia y garantizar redes de atención y protección efectivas.
En este panorama, la mortalidad materna sigue siendo una de las expresiones más dolorosas de la desigualdad.
Morir durante el embarazo, el parto o el posparto no es una fatalidad inevitable. En la mayoría de los casos es prevenible. Sin embargo, las condiciones sociales, económicas y culturales siguen convirtiendo la maternidad en un riesgo para miles de mujeres, especialmente en comunidades empobrecidas, rurales e históricamente excluidas.
La pobreza, la discriminación, la falta de acceso a educación y las fallas en los sistemas sanitarios forman parte de un entramado estructural que pone en peligro la vida de las mujeres más vulnerables. Cuando una mujer no puede acceder a controles médicos, cuando enfrenta malos tratos en un hospital o cuando una emergencia obstétrica no recibe respuesta adecuada, no estamos ante un problema individual. Estamos frente a una deuda social y política.
Por eso el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres no puede reducirse a campañas simbólicas o mensajes de ocasión. Este día exige compromiso real.
La salud femenina requiere políticas públicas sostenidas, inversión en atención primaria, prevención, educación y sistemas de salud capaces de responder con calidad y respeto. También exige reconocer la autonomía de las mujeres y su derecho a participar activamente en todas las decisiones relacionadas con su cuerpo y bienestar.
No existe salud plena sin derechos garantizados.
Durante demasiado tiempo, las decisiones sobre la salud de las mujeres han estado atravesadas por prejuicios, barreras culturales y disputas ideológicas que restringen libertades y ponen vidas en riesgo. Defender la salud de las mujeres implica defender su derecho a recibir información veraz, atención médica integral y servicios libres de discriminación.
La historia demuestra que los avances nunca han sido automáticos. Han sido el resultado de luchas persistentes encabezadas por movimientos feministas, organizaciones sociales y millones de mujeres que se negaron a aceptar el silencio y la desigualdad como destino.
Ese legado sigue vigente.
Hoy, cuando persisten enfermedades prevenibles, diagnósticos tardíos, violencia de género y profundas brechas sanitarias, la indiferencia también enferma y excluye. Por eso este 28 de mayo es mucho más que una conmemoración.
Es una llamada colectiva a defender la salud como un derecho y no como un privilegio. Es un recordatorio de que ninguna mujer debería ver limitada su vida por falta de atención médica, pobreza, discriminación o abandono institucional. Las mujeres no necesitan compasión ocasional ni promesas vacías. Necesitan justicia sanitaria.
Porque la salud de las mujeres no puede esperar. Y porque protegerla significa defender la dignidad, la igualdad y el futuro de toda la sociedad.
La Doctora Ingrid Suárez cuenta con 20 años en la docencia, es escritora, columnista para varios medios de comunicación y prensa escrita, catedrática y profesora investigadora, doctora en Didáctica y Organización Estratégica, egresada de la Universidad de Sevilla, España donde alcanzo el más alto honor sobresaliente Cum Laude. Posee varias especialidades en gestión y liderazgo educativo.



